Escuchar una y otra vez una de esas canciones que te tiene sujeta al pasado desde el meñique del pie izquierdo. De esas canciones con nombre, apellido y una mirada culpable cuya caricia estremece hasta la más inestable de tus pestañas, que se abraza a las demás cobijada en una lágrima, convencida de que nadie la ha notado, casi tan convencida como tú, casi en lo correcto. Casi, porque lo correcto no se siente, y esto que te envuelve se siente, se resiente y hasta el débil lo presiente. Decisiones son, y no piensas en otra cosa. Que si valen o no ya es lo de menos, incluso los objetivos han dejado de importar, y te quedas sólo con el estrés que te deja el tiempo en cada azote. Tu tiempo, tus minutos, bailando con destinos ajenos. ¿Y tú? Sólo miras, como siempre, porque desde las gradas no parece tan peligroso. Y el error va más allá de las obvias consecuencias, lo que no te perdonas es jamás saber a qué sabía.
































